16 de febrero

Lo que aprendí de viajar en crucero

Es 16 de febrero de 2019

Querido diario…

Existe una oferta amplia de cruceros y siento que aún tengo que explorar mucho acerca de ellos. Sobre todo con los pequeños que navegan por ríos y son capaces de ayudarte a contemplar fiordos, selvas y bosques de todo el mundo. Pero si hablamos de los más grandes, de los masificados, no creo que vuelva a uno de ellos.

Ya probé lo que es dormir en tu transporte diario y la verdad que encaja fielmente con mi filosofía de vida. Una tarde empiezas tu viaje en Barcelona y a la mañana siguiente te despiertas en Villefrance (cerca de Mónaco). Pero lo que no va conmigo es el concepto. 

Así que como siempre me encanta llevarme momentos de cierta profundidad de mis experiencias viajeras voy a compartir contigo el más extremo. Eran las 4:00 a.m y todo el mundo disfrutaba de una fiesta organizada en la discoteca. Yo sin mirar el plan meteorológico y sin apenas pensar, me dispuse a salir a ver la proa.

No veas el viento que hacía. Es un momento en que la naturaleza te avisa de que está presente. La luna iluminaba mi camino y el viento me ayudaba a sentirme vivo. A duras penas llegué a mi destino. Desde arriba el capitán y su tripulación observaban atentamente como el viento arrastraba aquel imbécil que se le había ocurrido la brillante idea de vivir un momento irrepetible.

Pero yo no estaba para fijarme en los demás, solo tenía ojos para la luna, el mar, las olas; solo tenía el tacto para comprobar la fuerza del viento, solo tenia los oídos para escuchar como el mar rujía; solo tenía el olfato para oler la fragancia que desprende el océano; solo tenía gusto para degustar la sal que salpicaba de las mismas olas.

Benditos sentidos, bendita experiencia.

 

Main photo by Sheila Jellison

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